Pero siempre escribí

viernes, 14 de julio de 2017

Unidas

Miércoles a las diez de la noche, sentada del lado izquierdo del colectivo 19
La gente se va bajando de a poco, mientras yo leo una nota de Lula en mi celular. Cuando levanto la vista ya había descendido la última tanda de pasajeros, quedando una chica y yo como últimos usuarios del servicio. Me doy cuenta que la siguiente es mi parada y me levantó del asiento acercándome a la puerta.

Ahí es cuando la veo. La veo observándome, buscando que responda con mi mirada. La veo sacando disimuladamente de su cartera un gas pimienta, y aferrándose a el como si fuera el último atisbo de vida que le queda. Me mirá buscando una cómplice, una compañera.

Y la encontró. Porque la entiendo, entiendo su miedo que a su vez también es mío. No puedo despegar mi mirada de la suya, no quiero dejarla, quiero darle la mano y decirle que todo va a estar bien pero me resulta insoportable saber que no puedo prometérselo.

Suena el timbre, se abren las puertas y yo me bajo. Camino tres pasos y me recorre un escalofrío, en menos de diez segundos paso de la tristeza a la bronca, al hartazgo. Harta de que sintamos que la calle nos es ajena, harta de que sintamos miedo de lo que nos pertenece.

Pero sonrío, porque me doy cuenta de algo. Esa mirada no era un grito de ayuda, era una búsqueda de sororidad. Ese gas pimienta no era una demostración de miedo, al contrario, era una demostración de lucha.

Estamos acá, estamos vivas
El patriarcado no nos detiene
Las calles son nuestras
El miedo se los dejamos a ellos
Porque unidas, pisamos fuerte.

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