Pero siempre escribí

domingo, 24 de enero de 2016

Conexiones

Porque nuestra conexión al principio fue exclusivamente intelectual,  tal vez por eso no me costó nada confiar en vos en todos los demás aspectos. Porque desde la primer charla admiré tu forma de pensar, de preguntar y repreguntar obteniendo exactamente lo que querías.
Poco a poco fuiste obteniendo mi confianza, sabiendo un poco más de mis secretos y siempre dejando todo estrictamente platónico, sin interacción en el mundo real. 
En esos momentos apreciabas mis palabras tanto como yo las tuyas, no quedaban áreas inexploradas en esas charlas de medianoche.
Pero de un momento a otro todo cambio, vos parecías tener claro tu objetivo y yo, a pesar de saber lo que quería, seguía indecisa. Esto nos obligó a salir de nuestra zona de comodidad, de ausencia de realismo físico y de presencia de frases armoniosamente planeadas tiempo antes.
Poco a poco los roles fueron invirtiéndose, yo cada vez más decidida y vos cada vez más perdido.
Nuestras charlas fueron perdiendo contenido hasta que llegamos al punto en el que dejaste de valorar mi palabra. Comenzaste a tener otros intereses, en lo que a mí respecta, menos interesantes.
Dejaste de disfrutar de mi compañía y comenzaste a acostumbrarte y hasta me animaría a decir, a soportarme. Yo deje de sentir que siempre ibas a estar para sentir algo mucho más doloroso y conocido; el miedo a perderte.
Y cuando hablo de pérdida hablo del temor a que nuestro amor se vuelva rutinario y que ya deje de llamarse amor, el miedo a perder la espontaneidad que teníamos antes con charlas interminables e infinitamente interesantes.
Esto tal vez, y muy probablemente, sea culpa mía. Porque por más que yo disfruté de esa relación al principio, creía que podía tener todo, el nombre, el amor, la autenticidad y la profundidad que manejábamos en ese entonces. Y ahora observo que no,  que no se puede tener todo y que tal vez priorice las cosas incorrectas.
Sin embargo no podemos dejarnos ir, nos aferramos a algo que no nos hace feliz por un recuerdo de cuando sí lo hacía, porque ilusamente creemos que somos los mismos que antes.  Tal vez si pudiéramos dar un paso atrás y observarnos las solución sería sencilla, pero ahora, enredada en tus abrazos y perdida lo frío de tus orejas no puedo hacer otra cosa más que sonreír y esperar que no te vayas nunca.


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